surf miércoles 10 de agosto de 2016

Edwin Salem y su expedición a la Patagonia Argentina en 1989

Todos dentro de nuestro interior conservamos, a través del tiempo, ese espíritu aventurero que caracterizó a los hombres de otras épocas, aquellos que a pesar de los pocos elementos de supervivencia, se lanzaban a recorrer kilómetros y kilómetros en busca de lugares maravillosos. El tiempo es fiel de muchas travesías hacia los sitios más inhóspitos de planeta; Edwin Salem, pionero del surf argentino a experimentado, además de sus grandes aventuras buscando olas, el gusto de sentir eso maravilloso que significa estar en contacto con la Madre Naturaleza. A través de su propio relato vamos a revivir una de las experiencias más increíbles de un surfer en las desiertas zonas del sur argentino.  

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“En el año 1980, luego de haber trabajado todo el verano en Yatch “Sea Lion", en la marina de Sausalito California, tome la decisión de hacer un viaje a Europa. Por supuesto me lleve mi tabla de surf. El primer país que visite fue Inglaterra por una simple razón: le debía una visita a mis parientes en Worcestershire. Una vez cumplidas todas las formalidades familiares, y luego de muchas pintorescas visitas a los Pubs de la zona en compañía de mis primos, logre averiguar el lugar donde se encontraban las mejores olas.

Newquay Cornwall era el lugar y hacia allí me dirigí. Cuando llegue a la costa de este pueblito desolado, ya había oscurecido y no había ningún hotel abierto. Me dirigí a un Pub “The Sailors Arms" donde termine tomándome unas cervezas con Neal Newllyng, un surfer Gales, quien gentilmente me dio hospedaje. Neal además de ser divertido y hospitalario tenía mucho conocimiento de meteorología. El me explicó cómo funcionaban las depresiones del Atlántico norte y como estas generaban buenos swells. Me enseño a interpretar las milibaras y dependiendo de su numeración, estimar el tamaño del oleaje, como así también calcular el ángulo de dirección. En su breve lección expuso, con una carta marina y un mapa meteorológico de un diario, como los lugares de la zona funcionaban según distintas mareas, vientos, etc. etc. 

En ese tiempo yo no conocía bien el tema, pero años después, en 1987, pude profundizar y comprender más tomando unas clases de oceanografía en la Universidad de San Francisco. Para entonces ya sabía manejarme muy bien con la radio meteorológica de la flota del pacifico y podía pronosticar oleajes con cuatro o cinco días de anticipación. Estas radios costaban entre ochenta y cien dólares y eran sumamente útiles. En estas clases tuve la oportunidad de estudiar las costas Patagónicas y para mi sorpresa las encontré sumamente parecidas a las de Cornwall. A partir de esa premisa realice un estudio comparativo de ambas regiones. EL resultado revelo las siguientes similitudes:

  • Ubicación geográfica (pero opuesta) Latitud 51 sur, Provincia de Santa Cruz.
  • Geografía costera, Acantilados de mediana altura.
  • Temperaturas de aguas: Las temperaturas de aguas sumamente frías en invierno pero con convergencias de aguas subtropicales de superficie en verano.
  • Caudal de mareas, en la medida que nos acercamos a los polos (a menos que haya influencia de golfos) pueden oscilar entre 1 y 7 metros dependiendo de la luna y situación geográfica.
  • Epicentros de tormenta. Estos son de igual intensidad pero en Patagonia el ángulo no es tan favorable, (no llega en dirección tan directa a la costa) y tiene patrones más inestables.
  • Plataforma submarina, estas son de distancia similares unos 200 km pero más profunda en el caso de U.K.

Si bien no era exactamente igual había suficiente evidencia a favor y esto despertó un gran interés en mí de explorar las costas del sur Argentino. Después de todo había buenas olas en Cornwall, ¿Por qué no en la Patagonia? Pero existían dos factores que generaban incertidumbre. El primero era la plataforma submarina argentina y el segundo los fuertes vientos predominantes del oeste. Estas variables combinadas pueden de destruir el swell en poco tiempo. Para clarificar mis dudas hice las siguientes comparaciones:

  1. Primero compare las profundidades de la costa Marplatense que surfisticamente conocía muy bien y estas generan un efecto de rozamiento negativo significante sobre las olas desgastándolas en la medida que se acercan a la costa. (Pero la plataforma es menos extensa en la provincia de Buenos Aires que en el sur y esta a salir más hacia el este tiene un efecto más positivo). Más al sur la plataforma era más profunda que en Cornwall. 
  2. La segunda comparación fue de distancias del epicentro de tormenta del Atlántico Norte a Cornwall y del Atlántico Sur al continente Argentino. La distancia del epicentro de tormenta en la Patagonia era más cercano a la costa.

Esto implicaba que si bien el tamaño del swell en la Patagonia no tendría tanto desgaste como en la provincia de Buenos Aires ya que el epicentro de tormenta estaría más cerca. Esto sugería que la frecuencia e intensidad del oleaje seria mayor. Por lo tanto, los dos últimos factores ampliaban la supervivencia del swell frente a los fuertes vientos de la costa. Un factor muy importante es la rotación de la tierra que empuja en dirección de tierra al mar en nuestras costas. No así en las costas Europeas. No obstante siempre hay variables independientes y factores desconocidos que pueden ser favorables y el espacio de agua del sur es lo amplio suficiente como para generar oleajes.

Pero todo esto era teoría, y la verdadera forma de comprobarlo sería haciendo un viaje por la zona. Mi realidad en ese momento no me lo permitía ya que me faltaban unos seis meses para graduarme y estaba en el hemisferio norte.

En diciembre de 1987 termine la facultad y me gradué de Licenciado en Relaciones Internacionales. En el mismo periodo mi novia Allison. Ambos nos trasladamos a Buenos Aires para cursar la Maestría en la Universidad de Belgrano. En esta tuvimos la oportunidad de estudiar con varios compañeros que eran Capitanes de Navíos de la Armada Argentina. Estos oficiales concurrían al pos grado por una directiva del presidente Alfonsín para democratizar las fuerzas armadas e incorporarse en cierta forma a una forma civil de pensar e interactuar con estudiantes locales y extranjeros.

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Entablamos una simpática relación con Pablo que era wind surfer, Julio y Alejandro. Ellos me aportaron mucho conocimiento de la zona. Pablo en particular, quien me regaló varios juegos de cartas marinas. Todo el invierno me la pase estudiando y pensando en el viaje. Los fines de semanas que podía, me iba a Mar del Plata a surfear por la tensión que me impregnaba Buenos Aires. No estaba acostumbrado a vivir en el centro y lejos del mar. Entre la híper inflación y la devaluación de la moneda se desvanecieron de mi mente las imágenes de hacer el viaje en auto, mis cuotas de la universidad tenían prioridad. Pero ya estaba en la Argentina y no podía irme sin llevar a cabo la aventura.

Una vez terminados mis exámenes finales, comencé a preparar la mochila, reforzar la bolsa de la tabla y a pensar como llevar lo mínimo indispensable. Esto fue difícil ya que todo mi equipo termino pesando cuarenta kilos.

  • Mi equipo consistía de:
  • Una mochila de armazón de aluminio.
  • Una carpa cacique de dos personas.
  • Una bolsa de dormir.
  • Una tabla de surf.
  • Dos trajes de goma, short John tres-dos y enterizo cuatro-tres-dos. Botas, guantes y capucha.
  • Seis barras de wax, una cámara de fotos, un cuchillo de buzo, radio, elementos de cocina y comida deshidratada (esto siendo lo más pesado)

En las semanas de fines de diciembre y principios de enero procure encontrar un acompañante. Mi novia me dijo que estaba loco y que de ninguna manera me acompañaría. Días más tarde regresó a San Francisco, prácticamente terminando la relación. Trate de convencer a varios amigos, pero por razones laborales, miedos al frio, o simplemente “mi locura:, no pudieron acompañarme. El único que mostró un interés real fue Alberto Caballero, pero tenía obligaciones en el campo y se fue a plantar espárragos. Luego le perdí el rastro. Ya tenía bastante claro para entonces que tendría que hacerlo solo.

Durante este período pensé en cómo encarar el viaje. Si del norte al sur o del sur al norte. Tome la decisión de hacerlo del sur al norte por que el frio avanzaría en esa orientación. También tuve que cambiar la idea de cómo quería explorar las costas de Tierra del Fuego. Originalmente pensaba explorar la costa sur de la Isla y luego seguir rumbo al norte. La zona en mente era Bahía Sloggett y Bahía Aguirre que presentaban buenas profundidades para olas grandes. (En el año 2000 surfie la ultima rumbo a Antártida pero pequeño) pero ese proyecto fracaso por la falta de caminos transitables. El camino que bordea el Beagle terminaba en Puerto Haberton y desde ese puerto a Bahía Slogget había 100 kilómetros de distancia y era una zona montañosa lo cual hacia el trayecto muy difícil para una persona sola por tierra. Decidí volar hasta Rio Grande y explorar la costa este.

Rumbo a lo desconocido,  “Aqua Incógnita" Tierra del Fuego.

El miércoles 25 de enero a las 6 am aborde un Boeing 727 de Aerolíneas Argentinas rumbo a Tierra del Fuego. El vuelo fue directo y poco agitado. Durante todo el trayecto pude apreciar toda la costa, algunos lugares más claramente que en otros, ya que el avión volaba en línea recta sobre la costa. Está en el trayecto final no mostraba oleaje. Alrededor de las 10 am comenzó el descenso sobre Rio Grande. Una vez en el aeropuerto retire mi equipaje y me dirigí a la ciudad en un colectivo local. El conductor me dejo subir con todos los bultos. Aparentemente no tenía mucho apuro ya que yo era su único pasajero. Ya en la ciudad procure encontrar un hospedaje económico. Luego de recorrer las calles preguntando precios di con el Hotel Argentino y allí me quede.

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El hotel parecía una casa Australiana del “Out Back", con paredes de chapa y un cierto estilo Victoriano. El precio en ese momento eran unos 80 Australes US 3.95 dólares. Su ubicación era ideal para observar el mar. Estaba a tres cuadras de la salida del rio. Por la tarde salí a caminar por la playa en dirección norte. La marea estaba alta y las olas la altura de 15 centímetros. El viento oeste de unos 30km por hora. Esto junto a la polución de la playa fue deprimente. No obstante seguí caminando en esa dirección por una hora. Me detuve a descansar y tuve la oportunidad de avistar los acantilados de Cabo Domingo con mis larga vistas. Después de cuarenta y cinco minutos retorne a la ciudad. Durante ese trayecto vi como bajaba la marea y la poca profundidad que existía en esa zona.

Al día siguiente emprendí otra caminata. Esta vez fue hasta Cabo Peña a unos 7 km al sur del rio. En esta oportunidad tampoco encontré olas, ya que todo el sector estaba rodeado de grandes arrecifes que impedían que el swell llegara a la playa y además me hubiera ahorrado un par de caminatas en vano. Daba igual, me estaba recién ambientando y no tenia apuro. Pero vi muchos zorros en las cuevas, una alta variedad de aves y ya me estaba familiarizando con la geografía y medio ambiente.

Esto me llevó a pensar que si algún surfer hubiese estado en esta zona antes, probablemente haya contribuido al mito de que no hay olas en Tierra del Fuego. Otros surfers que han estado en Ushuaia contribuyeron fuertemente a este erróneo concepto. En ambos lugares es geográficamente improbable, salvo en condiciones extra ordinarias. Lo que se veía geográficamente posible era al norte de Cabo Domingo y al sur de Cabo Peña. Elegí dirigirme al primero debido a la inexistencia de transportes públicos y el mayor tránsito de camiones hacia el norte. La única forma era hacer dedo.

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A la mañana siguiente el viento seguía soplando del este. Partí del hotel a eso de las 8 am. Una vez en la ruta me encontré con un hippie Holandés que estaba de mal humor y me decía que tratar de hacer dedo era una pérdida de tiempo. Según él hacia dos horas que estaba ahí parado y nadie lo quería levantar y menos a mí con mi tabla colgando. Yo no tenía otra opción más que jugármela. Esperé una hora debajo de la lluvia hasta que me levanto una camioneta. El conductor era un Sacerdote Salesiano que vivía en una misión a 60 km al Norte de Rio Grande.

Le comenté que estaba en busca de olas. Respondió negativamente diciendo que no creía que encontraría lo que buscaba. Me ofreció hospedaje pero no lo acepte. Al bajar del auto escuchaba olas romper en la orilla con la marea alta y esto me motivaba.  

Le di mis gracias y espere mi suerte. Y esta llego. Otra pick up paro y el conductor era simpatiquísimo y muy positivo. No entendía mucho de surf pero afirmo que había olas al norte de Cabo Domingo y me dejo en la playa “Las Cholgas" donde establecí mi primer campamento.

Una vez que limpie el terreno tendí mi carpa orientando la parte trasera al oeste donde existía una elevación que serviría como protección frente a los fuertes vientos que podrían soplar de ese sector. Afirme las estacas con piedras y separe bastante el sobre techo para que pudiera correr el viento. Luego ordene todo el equipo dentro de la carpa según las prioridades y una vez terminada la tarea me dedique a estudiar el mar. 

Fue mi primer relax de un obsesivo espacio mental que me venía consumiendo después más de un año. De alguna forma el hecho de estar ahí en un transe de observación pasiva y sin apuro me conecto con todo el lugar. Pude sentirlo en su totalidad. La playa, su arena, las estepas, los colores, las corrientes, las olas rompiendo en la arena directamente sobre la playa detonando en una secuencia regular y pareja….. Todo el conjunto me dio mucha paz interior hasta lograr sincronizar el sonido de mi respiración con el resto de los sonidos que me rodeaban. Inhalar y exhalar paso finalmente a ser el ritmo de mi momento en ese lugar. Había llegado a casa.

La costa era obviamente profunda, no solo porque lo afirmaba la carta marina, sino por el fuerte orillazo que rompía simultáneamente a lo largo de toda la playa, detonando un sonido explosivo. El viento estaba del este, pero decrecía rápidamente. Una hora después, a eso de las 2 pm, la marea comenzó a bajar. El mar tenía un aspecto plomizo parecido al peruano y costaba definir el horizonte. A la hora salió el sol y todo el sombrío ambiente se aliviano mostrando toda su belleza en un resplandor de alegría natural.

En la media que descendía la marea, unas izquierdas comenzaron a romper. Si bien las condiciones de surf no eran las optimas, decidí ir a surfear. Nunca se sabe si el mar sube o baja cuando no tenes ningún tipo de información meteorológica a tu disposición. Solo te queda fluir con el medio ambiente y ser positivó. (Aunque esa vocecita interna del escepticismo te dice “metete al agua porque quizá mañana no queda nada")

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A unos 100 metros de mi campamento había una casillita de un pescador, una especie de pequeño refugio construido precariamente en hojas de techo de zinc. Lo aviste de lejos preparando unas redes. Cuando llegue al lugar estaba a punto de dormir una siesta pero me atendió igual. El hombre era Chileno y por sus rasgos, claramente indígena. Pensé que podría ser araucano.

Le explique que venía a surfear pero por su mirada tuve la realización de que no sabía lo que le estaba diciendo. Le di una simple explicación de lo que era el surf y que tenía la intención de practicarlo aquí. (Simplemente estaba tratando de mantener un dialogo de buen vecino), cuando me contesta “Tu mientes". Me quede helado por un instante hasta que el indígena sonrió. En la conversación posterior a su comentario, me di cuenta que su incredulidad se debía a que el surf no tiene un fin en particular. Para el meterse al agua fría con un traje térmico y un flotador, sin sacarle ningún provechó, (en su caso, ni un miserable pescadito), no tenía el menor sentido. En su mente, subirte a un avión desde la capital, caminar dos días buscando olas, hacer dedo con todo ese equipo encima en la lluvia para luego acampar en el medio de la nada a la intemperie, para meterte a hacer algo inconcebible era una especie de chiste a su visión del mundo. 

Me di cuenta que no lo comprendería hasta que lo vea. También me dio gracia su visión de mi persona en este acto de auto determinación, disciplina, expensas, fuerza física para una inminente estupidez. Quizá si se lo hubiera explicado como una expresión artística lo hubiese entendido mejor (o me hubiera metido más profundamente en el lio). Pero el acto en si me absolvería de mi actual imagen de piantado. Salí de la encrucijada haciéndole 3 preguntas claras, si había visto Orcas y Tiburones en el área, a las cuales contesto negativamente. La tercera fue si había piedras, la cual afirmo.

Las piedras todavía se encontraban debajo del agua a la derecha de su refugio. Las izquierdas estaban a unos 150 metros al norte de este sitio, por lo tanto a esa altura de la marea estaba más seguro. Me puse el traje, las botitas y con la tabla abajo del brazo me tire al mar.

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En ese momento me di cuenta que estaba por hacer algo que nadie había hecho antes. Una especie de electricidad corría por mi sangre en la medida que me acercaba al agua. Irrigándome de variadas sensaciones como asombro, miedo, nervios, pero sobretodo un gran y profunda alegría. De golpe me lance contra las espumas y reme hasta pasar la rompiente. Allí sentí esa inmensa soledad que me rodeaba. Percibí realmente lo pequeño que era frente a este paisaje…. Pero esto cambio cuando agarre mi primera ola, de golpe me sentí pleno, consiente y conectado a todo mi entorno mientras fluía con la naturaleza. Luego de varias olas entre en esa normalidad de “bliss” surfero de no pensar en nada. Solo era el sentir del acto de en sí, en ese mágico transe de coordinación física inconsciente desprendido de cargas…. Y en ese espacio tan íntimo, pude gozar de las olas que había descubierto.

Después de un par de horas en el agua, vi al pescador en la orilla con una gran sonrisa en la cara. Me dirigía hacia él con el objetivo de saber qué opinaba sobre el Surf y le pregunte: ¿Qué le parece esto? Y contesto: ¡Señor Ud. si tiene mucho coraje”. Luego me pregunto cuánto me pagaban por hacerlo. Respondí contento, “lo hago por placer”. El respondió algo que ya venía escuchando con frecuencia y era una constante desde mucho antes de empezar el viaje. “Señor Ud. esta loco”

En mi mente de alguna forma quería excusarme de ese comentario reiterativo que me perseguía sin cesar. Le di una respuesta de co-dependencia: “De donde yo vengo… mucha gente lo hace". Y le extendí una invitación a que lo pruebe, pero prefirió quedarse en la playa. La marea siguió bajando unos cuatro metros más.

Ya eran como las cinco de la tarde pero el sol radiaba como si fuera medio día. El arrecife quedo prácticamente expuesto y decidí ir a sacar “Cholgas" (moluscos) para mi cena. Luego de haber llenado una bolsa me di por satisfecho. En ese momento me di cuenta que el viento estaba girando hacia el oeste y mientras hervía los moluscos veía como las izquierdas iban mejorando. Una vez terminada mi tarea decidí surfear nuevamente, pero en esta oportunidad con condiciones optimas. Las olas estaban de un metro y medio con una clara dirección del Nor-Este que hacía que las izquierdas fueran largas y huecas.

Esta vez, ya más aclimatado y ambientado al punto, surfie perdidamente como si hubiese surfeado ahí toda la vida. ¡La sesión fue estupenda! Eran las nueve y media pero tan solo parecía ser las seis de la tarde. En el verano patagónico los días son interminables.

Una vez fuera del agua comí arroz con moluscos. Después de la cena tome conciencia que había cometido un grave error en salir tan tarde del mar. Mi cuerpo no pudo generar el suficiente calor necesario para afrontar la fría noche que me esperaba. Esto fue causa de que en estos paramos no hay leña y es sumamente difícil hacer fuego con las raíces y arbustos por los fuertes vientos. Mi cocinita de alcohol solo serbia para cocinar y apenas para calentarme las manos. La noche fue muy dura, y a medida que avanzaba, la temperatura bajaba. Horas más tarde me puse toda la ropa que tenia pero todavía tenía frió. La sensación térmica era tremenda y pegada a la piel como si las otras capas de vestimenta no existieran. Fue en ese momento que considere ponerme el traje de goma entero, pero este seguía mojado. Entonces me saque la ropa y me puse el short John y me volví a vestir y me metí en la bolsa de dormir.

Pero si bien la noche terminaba, mi saga continuaba…. A eso de las 5 am el sobre techo se escarcho y transformo a la carpa en una perfecta heladera. Pude resistir la tortura hasta las siete. Decidí hacer algo sobre mi estado estalagmitico y salí a correr por la playa para generar calor. Una vez que empezó a calentar el sol me tire como un reptil sobre la arena y pude dormir. Esto me ocurrió esa sola vez en el viaje. Quedo anotado como “inexperiencia”. Admito que una buena bolsa de plumas hubiera sido lo ideal, sin embargo dadas las circunstancias tuve que encarar la expedición con lo que tenia y adaptarme lo mejor posible y seguir adelante. Mi nueva regla era salir del agua a las seis y media. Recuperar calor y dejar el traje secar con tiempo por si era necesario usarlo en la noche. 

En realidad el agua era templada pero no así la temperatura de ambiente. Recordemos que los Andes están relativamente cerca y cuando sopla de ese cuadrante el frio corre hacia la costa. La lluvia había sido producto del frente cálido del norte que era congruente con la corriente sub tropical que afectaba el agua. 

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Cuando recupere mis fuerzas fui a surfear el arrecife que funcionaba con marea media. (En alta no rompía más que el orillazo y en baja quedaba totalmente expuesto). Este lugar ofrece unas lindas derechas. Es aconsejable surfearlo en marea subiente. Aunque en bajante también se puede pero empiezan a salir las rocas a la superficie. También note una tendencia de los vientos de la costa, estos incrementan fuertemente al medio día. Ese día corrí olas clásicas de 2 metros y quizá un poco más cuando la marea comenzaba a subir, dando pulsos más frecuentes y sets más altos. Fui bien recompensado por la miserable noche que pase.

El oleaje fue descendiendo lentamente durante los dos días siguientes, pero el lugar siguió ofreciendo muy buenas olas, las cuales fueron muy bien aprovechadas. Durante la última tarde los vientos se elevaron a 80km por hora. Esto no solo dificulto las posibilidades de surfear, dado que el offshore incrementaba cada hora. También me complico cocinar adentro de la carpa. Aunque esta, estaba bien cerrada. La presión de aire que ejercía el viento sobre la pequeña estructura de tela, no dejaba que la llama del calentador se quedara en un lugar fijo y tarde casi una hora en hervir el agua.

Mis nervios quedaron destruidos por miedo a prender fuego la carpa y el ruido que generaba el sobre techo sobre esta, era como el flamear de las velas de un barco a la deriva en medio de una tormenta. La pobre carpa se expandía, para luego contraerse; parecía que estaba dentro de un pulmón humano en medio de una crisis asmática. Esto duro como 5 horas y gracias a Dios finalmente, pude dormir en profundidad.

Este tipo de ráfagas son muy comunes en esta zona y se dice que pueden llegar hasta 150 km por hora. Tuve la suerte que no fui azotado por vientos de esa intensidad a lo largo del viaje, pero si tuve otras experiencias similares de 80 km por hora. “Live and Learn”… De ahí en más siempre busque mejor reparo. A la mañana siguiente me quedaba poca agua dulce, a pesar de que algunas cosas las cocinaba con agua salada. La falta de oleaje me llevo también a seguir rumbo al norte. En la estancia Sara podía cargar agua y seguir viaje hasta bahía San Sebastián. La carta marina mostraba buenas posibilidades de olas con dirección Noreste.

Desarme el campamento después de mi última sesión matutina. Espere sobre el camino una hora cuando un camión Mercedes paro y me llevo. El conductor manejaba sumamente despacio en comparación a los gigantescos Skania que nos pasaban. Esto despertó una cierta inquietud en mí y le pregunte la causa. El camionero me contesto con una paz angelical “llevo explosivos". No hice más preguntas por un buen rato. El señor se dirigía a un puesto de YPF, directamente enfrente de la estancia a unos 15 km al este, prácticamente sobre el mar. Le pregunte si lo podía acompañar; pero la respuesta fue negativa ya que por alguna razón esa zona estaba prohibida a civiles. Luego de unos mates y una hora continua escuchando la música de Larralde, me baje en la estancia Sara. Ahí me reabastecí de agua y espere que otro camión me levantara.  

A la hora sale un gaucho de la estancia también a esperar que lo levanten. Llevaba un bolso Adidas de jugador de fútbol, y no podía dejar de notar que de este chorreaba sangre. No sabía si preguntarle… mi última pregunta al camionero tuvo una sorpresa inusual, en fin, no pude contenerme de la curiosidad y le pregunte: “¿Disculpe, pero que lleva en su bolso?" he notado que está sangrando. Me sonrió y procedió a abrir el cierre. Cuando estaba abierto no podía acreditar lo que estaba viendo….. Era una cabeza de toro, con cuernos, aparentemente recién cortada. Me quede mirando incrédulo sin saber que decir, cuando el gaucho me lo aclaro. “Joven, es pa la zopa" y bien rica!.

El sur, que lugar de locos… mientras intentaba reflexionar sobre esto, el gaucho me sugiere que me quede a pasar la noche en la estancia por que había buen asado. “Vaya y hable con el ingle que lo a va atender bien”. Yo desconocía que las estancias te recibían sin conocerte y te daban casa y comida. No lo considere apropiado y seguí esperando. Un auto paro y tenía un lugar limitado. Se lo cedí al gaucho, quien se subió con su cabeza de vaca sangrienta y se perdió en el horizonte detrás de la estela de polvo que levantaba el vehículo en el camino de tierra. Espere siete horas…. A veces sentado, otras caminando alrededor de mi tabla y cuando me daba la paciencia leía un libro entre las ráfagas de viento y el polvo.

Sentí que estaba en una escena de la película “El Padrino", mezclada en un cuento de Borges.

Ya al borde del delirio de la intemperie un camión para.

Este era similar al de los explosivos pero sin cabina trasera lo cual le daba un espacio entre la carga y la cabina donde tenía la rueda de auxilio. Ahí la ate con unos tensores y emprendimos camino. Le pregunte por que nadie me levantaba. ¿Sera por la tabla? No, al contrario dijo eso fue lo que me dio curiosidad para detenerme. Los camioneros se pasaban la información por radio de que había un loco con una tabla de surf en la ruta. Le pregunte, ¿y por qué no paraban? El camionero contesto, que la mayoría de los camiones se dirigían a la frontera y esta cerraba más temprano hoy por un feriado Chileno y todos estaban apurados, “yo voy a casa". El muchacho tenía mi edad y era muy simpático.

Alrededor de las once de la noche llegue a San Sebastián y aproveche los últimos 30 minutos de luz para montar el campamento. Luego decidí darme un lujito y cenar en el Automóvil Club. El camionero me había dicho que se comía bien ahí. Me comí un bife de chorizo jugoso con papas fritas. La sensación de morder un pedazo de carne roja me sacaba los instintos de un cazador primitivo y me relamía como un león africano comiéndose un kudu. La atención del mozo fue pésima. Hacia todo lo posible para hacerme sentir incomodo. Es cierto que yo no estaba con mi mejor apariencia después de un día en la ruta de ripio, con viento y con solo baños de mar. Supongo que mi pelo era un nido de caranchos pero el lugar tampoco era como para un “Diner Jacket”. El tipo era un gordito de barba roja enojado con sí mismo, y probablemente frustrado con su destino de administrador hotelero en el culo del mundo.

Pero la mala onda quedo confinada al ACA, pues el mecánico, los gendarmes y el comisario fueron muy hospitalarios. A la mañana siguiente estuve tomando mate con ellos en la comisaria y el comisario me permitió darme una ducha y lavar mi ropa. Todos curiosos por mi tabla que tenía la bandera argentina. La idea de surfear en sus playas les exponía un sentimiento de un nacionalismo sano frente al deporte. Les agradecí la buena onda y me dirigí al Point .

Seguí el sendero de las ovejas y al llegar a la punta, la marea estaba muy baja. Estaba un poco agotado y decidí almorzar temprano para recuperar fuerzas. Tenía cuatro horas de espera para que el cambio de marea este favorable. Decidí caminar por la playa hasta un lugar llamado “cementerio de ballenas” como a una hora al norte. A medida que me aproximaba al sector, comenzaba a ver enormes esqueletos. Cada vez más frecuentes y en mayor cantidad. Un lugar impresionante que te ponía la piel de gallina al saber que estos seres elegían este lugar en particular para terminar sus días. La exploración siempre está llena de sorpresas, no siempre relacionadas a tu búsqueda específica, pero te instruyen, te hacen pensar y te llevan a concluir que todo está relacionado. 

Para mí fue una gran conexión con el medio ambiente, las conciencias de las especies que lo habitan y la de los surfers.

De regreso a la punta veo que comienzan a rodar unas derechas sobre los acantilados. Pero si bien eran largas y parejas, carecían de tamaño suficiente como para surfearlas. Esto me bajo un poco el ánimo ya que después de un difícil viaje no tuve recompensa. El oleaje seguía decreciendo. Si hubiera llegado la tarde anterior lo hubiera agarrado….. pensé… el tema del transporte… Pero viéndolo positivamente ahí estaba la ola, registrada en la memoria de un lugar con mucho potencial. 

Al día siguiente seguí explorando las playas potenciales de la zona, sin mucho más que ver que distintas especies de pájaros. 

A la vuelta de la caminata me encontré con unos muchachos franceses que estaban haciendo motocross. No sé ni por donde aparecieron, pero de golpe los tenía cerca. Trabajan en la Planta Total y estaban gozando de su día libre. Eran los guardas de esa estación petrolera y miembros de la Legión Extranjera, contratados para la seguridad de esa compañía. Hablamos un rato y luego siguieron rumbo a la planta. Me di cuenta que a pesar de no estar surfeando e inmerso en la nada, la nada, seguía dándome sorpresas. Decidí partir al día siguiente.

En la mañana ya listo, camine hacia la ruta y probé mi suerte. Me levanto una camioneta de un ingeniero especializado en pozos de Gas Natural. Muy agradable y divertido. Estaba feliz, trabajando muy bien por una temporada de unos meses. Le gustaba mucho el lugar y su naturaleza. Atravesamos la “Pampa de Guanacos” y pudimos ver grupos de 15 a 20 corriendo en total libertad de manada, paralelamente a la ruta. A la hora, el señor me dejo borde n la entrada de un camino que daba al mar en las cercanías de la estancia “Cullen". 

Camine tres largos kilómetros hasta llegar al mar. Luchando con el viento y la tabla que parecía tener ganas de despegar como un planeador. El offshore levantaba tierra, la tabla no cooperaba en mantenerse derecha, haciéndome bailar una danza des coordinada en la soledad del desierto. En esta zona también había restricciones pero me importo un rábano. Pensé ¿quién podrá encontrarme aquí?. Finalmente, después de discutir y decirle obscenidades a mi tabla, llegamos a unos acantilados e hicimos las paces. 

5

Descanse un rato y comencé a caminar por los acantilados avistando algunos arrecifes, que si bien estaban pequeños, presentaban amplias posibilidades. Como a la hora, mientras miraba la costa desde los acantilados con el larga vistas, veo la estela de polvo de una pick up que entraba por un camino paralelo, como a un kilometro de distancia hacia el sur. Enfoco los binoculares y dos personas con mamelucos azules descienden del vehículo. Sacan unas herramientas y hacen unos ajustes a lo que parecía ser un pozo de gas. De repente me empiezan a hacer señas como locos y comienzan a correr hacia mí. Les conteste con un saludo distante y comencé a caminar en su dirección.

Estaba seguro que me querían expulsar de la zona, pero al hablar con ellos me di cuenta que estaba equivocado. Los hombres pensaban que había naufragado y me venían a ayudar. En sus mentes mi barco se había hundido en uno de los arrecifes. Los salude cordialmente y sonreí cuando les dije que solo quería surfear. No lo podían creer. No podían imaginarse como había llegado ahí sin que nadie se dé cuenta. Les conteste: “algunas veces uno es como el viento está claramente ahí, pero es invisible" y seguí sonriendo. Eran dos buenos muchachos, se les veía en la cara. Dedicados trabajadores, simples, gente honesta. Les pregunte si había una cañada cerca pero me dijeron que no en esta zona inmediata. Me ofrecieron llevar a otro lugar en la misma playa dentro de la estancia Cullen a la altura del tercer arroyo y cordialmente acepte su generosa oferta.

Me aceraron al resto del equipo, lo cargue y me subí atrás. Al rato me dejan en lo de “Don Cabezas” un gaucho de ojos verdes, según ellos, pero en ese momento no se encontraba. Cabezas trabajaba de puestero en una remota parte de la estancia al este de la planta Alpha, como a unos 5 kilómetros del estrecho de Magallanes. Instale el campamento cerca del arroyo y fui a buscar agua. Cuando de repente escucho unos ruidos rarísimos y violentos detrás de mí. Eran dos guanacos peleándose a mordiscones. No sé porque pensé que sería una disputa entre machos por alguna hembra que andaría por ahí alunada. En cuanto me pare para verlos más de cerca, se asustaron y se fueron.

Al rato cae Cabezas y me presente. Como todo ermitaño no estaba muy feliz de tener compañía, pero en la tarde me invito a tomar unos mates a su casa. Le comente lo que venía a hacer y le causo gracia. Fue entonces cuando empezó a abrirse un poco y comenzó hablar de sus orígenes. Me dijo que era de un pequeño pueblo de Chubut y que su lado paterno era de origen portugués e indígena pero que su abuela era de origen gales. Yo le conté un poco de los míos y así fuimos poco a poco tomando confianza. Me comento también que en estos días estaba esperando una cuadrilla de arrieros y que posiblemente llegarían mañana o pasado con muchas ovejas del sector chileno de la estancia. Al rato y bien mateado salió a hacer unos trabajos cerca de la casa. Yo salí a caminar por la playa a buscar posibles arrecifes para surfear.

El mar seguía chato, aunque en el horizonte se veían oleajes enormes que parecían moverse hacia Sud África. Me imagine que sería uno de estos que pasan del pacifico al atlántico. Me subí a un acantilado y me quede mirando el mar hipnótica-mente. En todo ese inmenso espacio me sentí libre y en paz. Al regresar, veo a Cabezas atendiendo varias redes enormes que estaba sumergidas con la marea, pero ahora con la marea baja, estaban expuestas y completamente llenas de pescados. Había tantos que comencé a ayudarlo sin hacer preguntas llevando los peces a una lona que tenia tendida en la playa. Esa noche llego un amigo para cargar los peces y venderlos en Rio Grande. Un negocio redondo, con dos cambios de marea llenaba la caja de la camioneta hasta el tope. El frió del ambiente y el metal del vehículo trabajaban como un refrigerador manteniendo el pescado fresco sin necesidad de hielo. Cabezas me elegía los pescados más ricos y me los regalaba. (Admito que comí muy bien esos días).

A la mañana siguiente pude surfear unas olitas de un metro con fondo de arena cinco minutos al sur del puesto. El viento estaba liviano y offshore, había algunos arrecifes con potencial pero preferí no surfearlos en marea baja. Ese día me a metí una segunda vez en un arrecife de izquierda bastante divertido porque sentía que el pequeño oleaje, era solo una refracción temporal de todo eso enorme que se veía bien a fuera y podía desaparecer en cualquier momento. Y así fue, a la mañana siguiente me llegaba a las rodillas. Tome la decisión de seguir explorando hasta la boca del “Estrecho de Magallanes”, “Cabo Espíritu Santo”.

Después de tomar unos mates y varios panes calientes con manteca con Don Cabezas salí rumbo al norte. La mañana estaba muy linda, soleada, con reflejos dorados sobre el mar y los acantilados y con poco viento. La inmensidad de la soledad del paramo era muy especial. Solo sentía su energía, escuchaba el mar, los pájaros, el pisar de mis pies en la arena y mis escasos pensamientos. Y en ese espacio, sin las paredes defensivas de mi ser me incorpore por completo al medio ambiente y camine hasta el estrecho. La vista era esplendida. A mi izquierda un alambrado que separaba a Chile de Argentina, en frente la Provincia de Santa Cruz. El estrecho era amplio y veía como el pequeño oleaje entraba con facilidad y mordiendo la punta. Esta tenía la particularidad de que uno podría tomar la ola en Argentina y surfearla hasta Chile, ya que la línea limítrofe imaginaria la cortaba en dos. (Las líneas políticas que dividen a un país de otro son conceptos invisibles para la conciencia de la naturaleza). 

Me quede ahí contemplando cómo una hora e imaginándome todas las posibilidades que pueden haber con un buen oleaje, ya que adentro del estrecho los acantilados protegen las olas del viento. Pero en el centro de este, el viento es cosa seria. El clima comenzó a cambiar rápidamente y subí el acantilado para ver más. Ahí me encontré con una pequeña base militar abandonada y en ruinas. El sol había quedado cubierto bajo el gris de las nubes y el viento había incrementado haciendo flamear chapas de zinc y golpeando fuertemente la única puerta que quedaba. Era obvio el efecto de los cortes del presupuesto militar. De alguna forma, el lugar demarcaba claramente, el fin de una era.

 

Al salir de ahí logre ver el puesto Chileno, muy bien mantenido y con la bandera flameando. Inmediatamente después sale un señor, me saluda, me invita a pasar y me ofrece un mate con tostadas. Los tres soldados del puesto estaban felices de ver a otro ser humano en la zona, mostraron mucho interés sobre el surf, y nos la pasamos charlado sobre el tema un buen rato hasta que tuve que emprender mi regreso. Llegue tarde a la carpa, comí algunas sobras y me fui a dormir.

A la mañana siguiente me desperté temprano con un sol radiante que in usualmente calentó la carpa. Camine hasta la playa y note que la marea estaba mucho más baja que lo habitual (o quizá nunca la había visto en su máximo exponente). Note que sobre la arena expuesta, que entre los acantilados y el mar, había quedado una leve película de agua que reflejaba como un espejo los colores dorados del sol naciente. Los acantilados parecían de terracota y el mar un piso de oro que reflectaba su poder al cielo. Mirando al norte, esta combinación de luz, agua y tierra generaba un flameante y mágico espejismo en el horizonte sobre la arena mojada. De esa sublime imagen, los vi aparecer lentamente. 

En un principio como una línea de llamas de agua, luego como dos líneas, una más alta y una más baja que a veces se entremezclaban como nubes translucidas. En la medida que avanzaban hacia mi fueron tomando forma, como si el espejismo fuera abriéndose, revelando su secreto en la medida que tomaba confianza. La línea más alta se transformo en doce o trece puntos separados unos de otros y la más baja en cientos puntitos des coordinados.

De un instante a otro todo tomo una clara y simétrica forma como si un zoom de un lente fotográfico finalmente encontró el foco perfecto. Eran gauchos a caballo, en todo su esplendor y vestimenta, arreando las ovejas por la playa aprovechando la marea. Sus sombreros levantados adelante, pañuelos en los cuellos, ponchos, bombachas, facones, y alpargatas; firmemente sentados en los recados de unos lindos criollos. 

Era un cuadro efímero que representaba la libertad de sus espíritus; una orquestra de un trabajo autóctono producto de la simbiosis del europeo y el indígena en inmensa amplitud de la Patagonia. Luego de su fantasmagórica aparición, ya más cerca a mi posición, algunos comenzaron a galopar sobre el flanco del mar rompiendo la línea, salpicando agua con las patas de los caballos, agitando sus fustas de un lado a otro del animal, conduciendo a la manada tierra adentro por una quebrada. Y así como aparecieron, de golpe se esfumaron entre los acantilados, como si ese momento nunca hubiera existido.

Lentamente fui caminando a la carpa impresionado por la imagen y todo su significado. Me eche a leer mi libro y al cabo de un rato me quede dormido. 

A eso del medio día me despierta una voz. La puerta de la carpa estaba abierta y la figura de un hombre agachado sin camisa me dice: “Robertson". El torso del muchacho era blanquísimo (su piel parecía una remera blanca), sus brazos y su cara rojos, curtidos por la exposición al sol y el viento. Era pelirrojo, lampiño y de ojos celestes. Al salir de la carpa le doy la mano y le conteste “Edwin Salem". En ese instante responde “John Robertson Shaw" para servirle. Con su acento gauchesco me dice: “vengo a invitarlo al asado de cordero con la cuadrilla, venga con su facón". Le agradecí su invitación, me contestó con un simple “no hay porque" dio media vuelta y se fue. Pensé… un hombre de pocas palabras. Pero lo que menos esperaba en este viaje insólito era encontrarme con un gaucho Escoses. Entendí entonces que en la Patagonia todo era posible. 

Lo más cercano a un facón que tenia era un cuchillo de buzo, con el lado superior escalonado para sacar escamas, en la base un gancho para abrir cervezas, con un mango hueco donde tenía línea y anzuelos, con una tapa a rosca con una brújula. Y así me acerque a la mesa donde estaban todos los gauchos tomando vino de caja. Me presente, me hicieron un lugar y me dieron una taza de hierro esmaltado. No había platos ni tenedores, solo una palangana con una ensalada de lechuga y cebolla en el centro de la mesa. Pongo mi cuchillo en la mesa y el que estaba al lado me dijo: “qué lindo faconcito” y de repente mi cuchillo comenzó a dar vuelta por la larga mesa provocando inolvidables gestos de curiosidad en los curtidos rostros de mis anfitriones. Sus caras eran dignas de ser pintadas por un buen artista.  

El tinto comenzó a tener su efecto justo cuando llego la carne. Me sirvieron primero un buen pedazo directamente en la mesa. Lo agradecí y espere que alguno de ellos empiece, porque no tenía ni idea como proceder. Luego le sirvieron a Cabezas. Este, agarro un trozo con la mano, le pego un mordisco y luego corto con el facón entre su boca y el puño. Mire para los costados y uno sonrió y me dijo: “éntrele sin miedo”. Y así comenzó el festín que duro toda la tarde y termino en una gran mateada de chistes y risas, cuentos e historias compartidas, de las cuales recuerdo algunas…..( una de estas era la del arriero de esta cuadrilla, el numero 13, que se encontraba preso por una pelea de facones en una pulpería y por el cual todos brindamos en su ausencia) Pero fue un momento de mucha magia, que nos traslado a lo más primitivo del hombre y lo más generoso de su humanidad. Compartir la comida dada por un animal sacrificado y hecho al fuego. Ya tarde me fui a mi carpa, empachado, borracho y lucido de tanto mate. En ese espacio, con el viento en la cara, pensé que existía la posibilidad de que el espíritu del gaucho que faltaba, podía haber cabalgado con ellos en el espejismo.

En la mañana desperté con dolor de cabeza y mi ropa olía a grasa y humo de cordero. Salvo Cabezas todos los demás habían partido.

Me fui bañarme a la cañada y luego a lavar mi ropa. Me quede con unos shorts puestos y unas largas medias de rugby rojas. Estas por alguna razón le eran atractivas a una gallina de Don Cabezas que me seguía por todos lados. Cabezas se reía y entre una carcajada y otra me dice: “está enamorada". A los 5 minutos del comentario fui atacado violentamente por el gallo. Este antes de que me diera cuenta me tiro las dos patas en un par de saltos dejando mis rodillas sangrando. Cabezas de la distancia me grita: “métale una patada” y lo mande al “touch" por el ciego y no me volvió a joder más. Esa noche cenamos en la planta Alpha por invitación del personal y me re encontré con los muchachos que me habían dejado ahí. Creo que las proteínas que adquirí en esos días me duraron para el resto del viaje. También tuve la oportunidad de comer Robalos y Palometas que abundan en esas aguas. Realmente poder compartir con estos gauchos me abrió la mente a una Argentina folclórica que desconocía.

Después de unas semanas en la isla pude notar un ciclo meteorológico significativo del verano. Este comienza con los vientos del mar, las colas de los epicentros de tormenta las cuales nos advierten la llegada del oleaje. Generalmente duran de tres a cuatro días. Luego el viento rota al cuadrante oeste por cinco o seis días habilitándolo para surfear y luego los mismos vientos aplastantes lo reducen a cero y el ciclo recomienza. Luego de varias buenas surfeadas al final de uno de estos ciclos me despedí de Don Cabezas y los muchachos de la planta y regrese a San Sebastián para cruzar la frontera, de allí fui hasta Punta Arenas en una combi con una pareja de franceses para luego trasladarme en micro a Santa Cruz. Pero eso es otra historia…"

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