surf domingo 14 de agosto de 2016

Edwin Salem y la búsqueda inagotable de olas en Alaska

Cualquier surfer sueña con viajar y descubrir aquellas olas que, todavía, no fueron domadas por ningún rider. Edwin Salem, ícono del surfing argentino viajó a las frías olas de Alaska en 1994 en búsqueda de nuevos horizontes. Toda esta nueva experiencia la explica el protagonista en el siguiente relato.

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“A lo lago de mi vida siempre tuve una gran necesidad de estar en contacto con la naturaleza y a través del surf fui buscando nuevos horizontes. Poco a poco fui descubriendo que tenía una peculiar atracción por lugares desolados e inhóspitos. Lugares donde la puerta entre lo interno y lo externo (esa que uno desarrolla para protegerse de la locura de las grandes ciudades) no existe.

En Tierra del Fuego estaba feliz de escuchar los gritos de los pingüinos en lugar de los bocinazos de los colectivos. En Chubut estaba encantado de ver las loberías en lugar de las viejas gordas con ruleros que me empujaban cada vez que había cola en la panadería. En fin… Alaska me pudo proveer algo similar para mi vida en San Francisco. Buscando salir de la depre que nos carcomía desde la muerte de Mark Foo, partí (convencido de que ya había pagado mi tributo a la naturaleza con la de sangrante maniobra que me había dejado cuarenta puntos en la mano e inhabilitado por casi dos meses) junto con mis amigos Mark “Doc" Renneker y Kevin Starr en Alaskan Airlines rumbo a Anchorage, capital del estado. De allí transbordaríamos con destino a Junot y finalmente a Yakutat National Reserve. Es mi tradición, antes de llegar a destino, tomar un whisky para el aterrizaje final. Lo excéntrico de esta copa en particular fue que me la sirvió una azafata Klinket (esquimal). Ella no dejaba de sonreír cuando me miraba ya que sabía que nuestra misión era surfear. Me sirvió un doble y me dijo: “Gentileza de Alaskan Airlines; lo vas a necesitar". 

Yakutat Bay: el primer impacto 

Yakutat Bay… Mi primera ola en Alaska… esa ola helada, cargada de agua de Glaciar Milenario, en el reef Snapper’s. El encuentro con Will, el único surfer nativo, el único surfer de Alaska, llegado especialmente de Anchorage para agarrar unas olas con nosotros, en medio de una tormenta que arrasó nuestro campamento. La vista del monte Saint Elias, una combinación de Alpes suizos y glaciar que desgarraba las aguas del Pacífico y tocaba el cielo, haciéndome sentir indigno de existir frente a tal magnitud. Darme cuenta de que la tierra estaba viva, de que tenía conciencia y de que podía deshacerse de nosotros con la misma facilidad con la que nosotros podemos pisar una hormiga; su energía atravesando todos mis músculos, mi pensar, mi sentir. Un día que recuerdo cada semana desde entonces, en el que agarré tantas olas, remé tan poco, me divertí muchísimo, sentí todo tan vívidamente que mi cuerpo ya no pudo sentir nada más, quedé en un estado de saturación total, de sobredosis de endorfina. Nada en ese viaje era común, todo era una lenta mutación al medio ambiente, una especie de metamorfosis de mente, cuerpo y sentidos. De alguna forma intangible yo ya había estado allí antes, y a la vez nunca o siempre. En los primeros días, Alaska estaba empezando a correr por nuestras venas. 

Lituya Bay: el vértigo absoluto

Tras decidir encarar una expedición en avioneta hasta Lituya Bay, en la pista del hangar de Totem Air, mientras Mark hacía los papeleos para el alquiler, me encontré con un hombre que estaba mirando las tablas: su cara irradiaba un aura de irresponsabilidad crónica. Me dijo que él había sido surfer en los años setenta pero que ahora se dedicaba a volar. Se llamaba Jack, y era nuestro piloto. En la avioneta de al lado vimos a tres alpinistas cargando su equipaje. Uno de ellos se me acercó y me preguntó a dónde íbamos. Le dije que queríamos explorar la zona de esa bahía. El me dijo que iban a escalar una montaña detrás de Lituya Bay. Era un pico al cual nadie había subido antes. Sus ojos brillaban de alegría al contarlo. Detrás de ese brillo, de alguna forma me vi a mí mismo y pensé que podríamos ser buenos amigos. Mike era estudiante de biología en Yale University y estaba en sus vacaciones de invierno. Nos deseamos suerte y nos subimos a nuestros respectivos aviones. Después de quince minutos de vuelo pasamos una larga playa desierta, donde Mark había surfeado el verano anterior con Steve Hawk. 

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Mark le dijo a Jack que quería sobrevolarla al ras para chequear las olas. Jack le preguntó: “¿Quieres un descenso radical o uno para abuelitas?". “Vos sos el piloto"… Repentinamente, mi estómago pegó contra mi garganta y vi la playa acercándose rápidamente hacia mi cara. Jack se rió a carcajadas, gritó “yahuu!!" y enderezó la avioneta paralela a los árboles. Con la misma gracia, Mark le dijo a Jack: “Ya vimos suficiente, sigamos al sur". “Todavía no vieron nada"… Jack levantó el volante y mi cuerpo quedó presionado bruscamente contra la butaca. Parecía que tuviera 300 kilos de más y una prensa en la cabeza. Lo único que podía ver era cielo y luego agua y luego cielo… Todos soltamos alaridos de pura adrenalina. Si bien Jack parecía ser un irresponsable, sabía exactamente hasta donde podía exigir a su nave y esto me daba seguridad. El conocía y sentía su avioneta con la misma familiaridad con la que yo conocía y sentía mi tabla. Cada subida o bajada, cada quebrada o roller… Jack nunca dejó de ser surfer, Jack surfeaba por las nubes… 

Ya más sereno y con la gasolina justa para la vuelta, Jack decidió volar con más tranquilidad. Al costado derecho avistó una montaña bastante alta y noté que el lado que miraba hacia la bahía estaba completamente despojado de pinos. Le pregunté a Jack si recientemente una avalancha o un terremoto habían causado semejante catástrofe ecológica. Él me respondió que en realidad había habido un terremoto que cuarteo el lado de la montaña y está al caer al agua produjo un tsunami (una ola gigante) de unos 600 metros de altura. En la base de esa montaña había una aldea Klinket… vivían de la caza y la pesca. Todos en la aldea murieron, salvo una chica de catorce años que estaba juntando moras lejos de la montaña. Todos nos quedamos mudos. Jack comentó: “Por lo menos quedó alguien para seguir la línea, la historia y las canciones de esa aldea". En ese instante me di cuenta de que la única estabilidad que podía encontrar en ese territorio estaba en mi mente, en mi espíritu y en la certeza del poder devastador de la naturaleza. 

Era claro que no surfearíamos esa tarde, pero teníamos mucho trabajo por delante ya que debíamos montar el campamento. Jack nos dijo que nos pasaría a buscar en una semana, nos deseó mucha suerte y nos saludó. Con la carpa armada, salimos a explorar. Caminamos por un sendero por más de 45 minutos en un bosque alucinante y encontramos un campamento minero abandonado, con antiguas maquinas a vapor herrumbradas de años de abandono en el bosque, con las mismas placas de la Glasgow Iron Works U.K. que yo recordaba del puente de la vieja estación de San Isidro, cuando era adolescente. En un armario podrido por décadas de humedad, dentro de una cabaña en ruinas de la que sólo permanecía en pie la cocina, encontré un juego de platos y tazas de té que a pesar de estar algo manchado, estaba intacto. Me llevé tres tazas con sus respectivos platitos. Tomamos té en ellas por el resto del tiempo que estuvimos allí. En la tarde anterior a nuestra partida, volví a llevar el juego al campamento minero. No sé por qué, pensé que los espíritus de esa fallada empresa las necesitarían. Esa noche comimos muy bien y charlamos mucho sentados alrededor del fuego. Las estrellas estaban radiantes y el cielo parecía estar a nuestro alcance. Más tarde, mientras Kevin y Mark jugaban al Scrabble, yo me deleité en un trance típico de noches de campamento. Pasivamente me concentré en mirar las llamas. Mi cuerpo era una esponja que absorbía calor; mis manos, mi cara, coloradas de satisfacción; mi nariz ya no dolía del frío; mi mente en perfecta paz se ocupaba solamente de la intensa imagen roja del quemar de brasas y troncos. 

A la mañana siguiente, la falta de sol y de olas nos llevo a explorar a pie toda la costa hasta Lituya Bay. La diferencia entre esta exploración y las anteriores de ese viaje era que en esta etapa no contábamos con los mismos materiales. Ni camioneta, ni Kawasaky 4 Runner, ni lancha, ni avioneta. Más bien nuestra fuerza y la buena disposición de nuestras piernas. A medida que avanzábamos, las piedras eran más grandes, algunas de hasta tres o cuatro metros de altura. Era obvio que ya no podíamos seguir por el mar, lo cual nos forzaba a tomar el camino más largo a través del bosque. Mis sentimientos en ese momento eran una confusión de aceleración, cansancio y miedo. Un miedo frío y primordial. Un miedo que nuestros ancestros de la sabana africana debían sentir frecuentemente al avanzar en su emigración. Ese miedo horrible a sentirse presa de un animal. Luego pensé y racionalicé que la vida se vive una sola vez, que nadie me podía garantizar otra y que todavía no me había topado con ningún ser reencarnado. En algún momento mi existencia llegaría a su fin y si la terminaba como platillo de una bestia… bueno, esperaba que mi cuerpo fuera tan rico para un oso, un gato montés o un tiburón blanco como habían sido para mí todos esos pollos rostizados, corderos y asados que había comido a través de mi vida. Pensé: “La vida consume vida", y con ese sentido de entrega comencé la caminata por el bosque. 

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Seguimos adelante por media hora más y allí estaba… Lituya Bay. A la mañana siguiente me levanté muy temprano; tenía esa rara sensación de que todo estaba bien. El aire frío, el sol radiante y la calma del viento me hicieron salir de la carpa desenfrenadamente. Mis sentidos estaban agudos y exaltados. 

Miré hacia el sur y vi una pequeña neblina sobre las rompientes… Esa típica humedad que flota sobre la superficie del mar, que se genera por el romper de las olas. El aire impregnado de salitre y aroma a pino fue la última clave que me afirmaba que encontraríamos lo que todos estábamos ansiosamente esperando: olas. No sé cómo explicar lo que se siente cuando uno se embarca en una exploración de este calibre, en las que la búsqueda en sí es tan importante como la recompensa. La primera ola no fue extraordinaria estructuralmente, pero fue la culminación de una ardua búsqueda, la apertura de una nueva puerta, a un lugar en el que nadie había surfeando antes. La satisfacción de ser el primero en dar vuelta el picaporte y abrir esa puerta me llenó de esperanzas. En un estado de verdadero zen, remé hasta el pico. La ola, mi tabla y yo éramos una unidad completa. Una trilogía perfecta y auto generable. En ese instante, mi di cuenta de que el todo no era amor puro solamente, sino que también era eterno y circular, de que no había principio, ni medio, ni fin. En ese tren de pensamiento agarré mi tercera ola, en la que absorbí cada movimiento del conjunto: la gravedad de la Tierra, su rotación alrededor de sí misma y del sol, la enorme influencia de la luna sobre las mareas de los océanos, nuestra galaxia blanca y circular girando en torno de otras en la misma forma en la que las nubes forman las tormentas y éstas a su vez generan las olas, la misma forma en la que las olas forman los tubos. Contemplé mi pequeñez en torno al Todo; agradecí la oportunidad y la suerte de poder apreciarlo.

Minutos después, me encontré con Kevin en el agua. Estuve a punto de contarle lo que sentía, pero me contuve. Pensé que no me entendería. Especulé con que, de contarle, probablemente me diagnosticaría hipotermia y me mandaría a calentarme al fogón, pues él había notado algo a lo que yo no le había dado importancia: el agua estaba mucho más fría que en Yakutat. Esto se debía al deshielo, que desembocaba al mar por la cañada. Kevin surfeaba en agonía y se culpaba por tener una dieta de pocas grasas y carbohidratos. Yo me reí y le dije que ser carnívoro y amante de pastas tenía sus beneficios. Desde el agua vimos la silueta de Mark acercándose hasta la punta. Lo vimos subirse a un tronco y poco después empezó a sacar fotos. Poco después, Kevin, muerto de frío, decidió salir del agua e intercambiar rutinas con Mark. Más tarde, surfeando con Mark, charlamos sobre el point y sobre cómo deberíamos nombrarlo. Yo sugerí “Two Trees", ya que había dos distinguibles pinos gemelos en la punta, o “Matt’s", porque era el tipo de ola que le encantaría a nuestro amigo Matt Warshaw. Mark sonrió y me dijo que Kevin y él habían votado a favor de otro nombre mientras me miraban surfear. Me sentí bastante molesto ya que ni siquiera había tenido la oportunidad de participar o argumentar en la votación. Le comenté a Mark lo que pensaba y empezó a reírse. Me miró y me dijo: “Decidimos llamarlo ‘Edwin’s Place'". Me puse colorado, me seguí sintiendo molesto por el chiste, pero a la vez halagado por el gesto. A Mark lo conozco desde 1978 y su constante a través del tiempo ha sido la controversia. Humildemente acepté el nombre y seguí surfeando. 

Permanecimos en el mismo point tres días seguidos. Parecía que mi única vestimenta era el traje de goma. Hartos de surfear nuestras olitas que cada día estaban más perfectas, decidimos caminar hasta el arrecife que habíamos avistamos camino a Lituya Bay. El sol estaba radiante y la temperatura cada vez más alta. Qué más podía pedir un surfer en Alaska. En este arrecife no quebré al surfear, simplemente empujé los bordes de la tabla de lado a lado para tomar velocidad y gozar la esencia del “soul surfing" (el surf espiritual). En las sucesivas olas, repetí las mismas acciones hasta que llegué a un estado de éxtasis. Mi mente estaba libre de pensamientos; mi cuerpo, ágil y liviano en un medio líquido donde el peso de la historia de la humanidad era irrelevante. Sentí un bienestar general enorme digno de ser trasmitido a todas las personas del mundo. 

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Caminando hacia el campamento, dos helicópteros del guarda costa aparecieron de la nada y sobrevolaron nuestra zona. Pensé que nos estarían buscando, pero luego de ver las tablas de surf siguieron rumbo a Lituya Bay. Desde el fogón, no pude dejar de notar que en las montañas había habido deshielos bastante pronunciados, algunos tan abruptos que mostraban la tierra. Era claro que la ola de calor que veníamos pasando (que nos permitía estar en remera o con el torso desnudo al mediodía) los había provocado. Este tipo de deshielos es común a fines de mayo y principios de junio, pero en abril… Dos días después, cuando Jack nos pasó a buscar en la avioneta, nos dio la mala noticia de que Mike y sus amigos habían muerto. 

Aparentemente, llegaron a la cima, desde donde se comunicaron por radio para anunciar su triunfo. En su descenso, la montaña se los llevó. Una avalancha los sepultó en la nieve. Pensé en Mike, en nuestro breve encuentro y en el entusiasmo que compartíamos en nuestras aventuras a pesar de que eran opuestas. En ese contraste también pensé en Mark Foo… Ambos tuvieron el mismo destino: las montañas que tanto amaban, una de nieve y la otra de agua, se los llevaron abruptamente y sin previo aviso. Un momento en el que uno es e inmediatamente deja de ser. Un instante tan lúcido y rápido como el pensar de William Shakespeare. 

Recordé una frase que me solía decir mi abuela: “Lo que el mar da, el mar lleva". Sentí el dolor de Mark y su vulnerabilidad frente a lo inevitable. Uno puede racionalizar todo, pero aceptar un hecho es más difícil. En nuestro juego, el de las olas grandes y las exploraciones de este calibre, estamos listos para dejar la vida cuando la naturaleza lo requiera.

Es un acto personal de total entrega y, a la vez, muy egoísta, ya que nuestra exaltación de vivir en el borde nos altera de tal forma que no pensamos en los sentimientos de los que nos rodean, de los que se preocupan por nosotros cuando nos estamos divirtiendo, de aquellos que nos quieren y no entienden por qué tenemos que vivir nuestras vidas con sensaciones tan fuertes. Eso es algo que me cuestioné diariamente y a lo que trato de buscarle una respuesta. Debe haber algo en el sistema nervioso de ciertas personas que les hace necesitar este tipo de estímulos. Lo que sé es que estoy rodeando de gente que piensa igual y con los que comparto la misma visión del mundo. En la realidad de la gente de alta intensidad, el gran temor es a una vida tranquila, estable y definida por los valores tradicionales de la sociedad. Para esta gente, sea surfer, alpinista, paracaidista, parapentista, skier o snowboarder, una vida así es una verdadera muerte lenta y el miedo que se siente es de terror, de terror al conformismo. 

Los días se estaban extendiendo; el sol subía a las seis menos cuarto am y bajaba a las nueve y cuarenta pm. Vimos gansos volar hacia el norte; una familia de patos caminaba sobre el borde de la laguna en busca de comida. En la cañada, un par de salmones saltaba desesperadamente contra la corriente. Las moras habían brotado. Volviendo a mi carpa vi unas huellas enormes e insulares: eran las huellas de un oso Grissley. El aroma en el aire estaba impregnado de polen y yo estornudaba. 

El polen… La primavera había llegado. Me di cuenta de que era el momento de irnos de ese lugar. Había que respetar la presencia de los verdaderos seres dominantes de estas tierras: los Grissleys. Con esa tristeza con que uno afronta retrospectivamente tantas buenas experiencias, asumí que había que ceder el paso para que el curso de la naturaleza siguiera sin interferencias. Que los salmones en la cañada saltaran, nadasen a su lugar natal y muriesen luego de reproducirse. Que los osos los esperaran, les tirasen zarpazos y gozaran de su carne rosada. Que las águilas levantaran aquellos peces que habían quedado entre las piedras. Eso era la continuidad de un ciclo en el que nosotros no estábamos incluidos. Reflexioné en qué tonto había sido al querer llevar un rifle en lugar de pistolas de pimienta para defendernos de un posible ataque de osos. No pude dejar decirme a mí mismo, con mi acento típico de Buenos Aires: “¡Qué boludo!". En esa solitaria caminata pensé en las olas que habíamos corrido, los paisajes que habíamos compartido, las sensaciones fuertes que habíamos vivido. Pero, más que nada, lo más importante para mí había sido la asimilación de las realizaciones y esperanzas que había aprendido. Hoy no puedo decir que sentí. Sentí esa tristeza feliz y estremecedora de haber comprendido realmente. 

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Estábamos al borde de terminar la expedición y de no poder seguir acampando en aquel lugar. Surfeamos esas olas como si fueran las últimas de nuestras vidas. Terminamos riéndonos a carcajadas; parecíamos tres chicos. De pronto, en mitad del juego, pasó a visitarnos una familia de lobos marinos. Se nos acercaron bastante; los más jóvenes miraban ingenuamente y los más adultos con cautela. Pero un macho grandísimo se le plantó a Kevin cara a cara. 

Al principio pensé que era un acto agresivo pero después me di cuenta de que no, de que estaba atraído por el color rojo de su tabla. El lobo marino siguió mirando por más de cinco minutos. No pude dejar a reír. Le dije a Kevin que ya estábamos en primavera y que el lobo se estaba enamorando de él. Kevin no respondió y siguieron mirándose hipnóticamente. Yo estaba tratando de parar el tiempo y de gozar pasionalmente cada instante, como el último día de un amor de verano. 

A la mañana siguiente, cargamos la avioneta de Jack con nuestro equipo. Concentrado en esta tarea traté de no pensar en el destino de Mike y sus amigos. Una vez en vuelo, Mark, Kevin y yo le pedimos a Jack que no volara por la costa sino por la montaña. Entonces vimos el mundo como lo prefería Mike. Era hermoso y a la vez tan ajeno a nuestra realidad. Pude apreciar que en cada base de cada montaña había un glaciar y que cada cristal turquesa que lo componía era masivo. Que cada cúspide era un Alpe… Observé cómo el viento hacía volar la nieve de cada cima, dejando rastros blancos por el aire, algo así como la cola de un cometa. En este ambiente, volando, me sentí verdaderamente entre los dioses. Pero el ruidoso motorcito de la pequeña nave me dio la perspectiva real… En ese escenario también me sentí como un mosquito. Me di cuenta de la inmensidad que me rodeaba, se me puso la piel de gallina y saturé mis ojos de agua salada. Absorbí todo y dejé a mi mente volar. Jack, lentamente, nos llevó hasta el aeropuerto.

Aterrizamos al lado de la pista de los jets y allí estaba nuestro transporte, el 737 de Alaskan Airlines. Al embarcar, había algo que me molestaba del ritmo al que nos movíamos desde que habíamos llegado al aeropuerto. Todo era más rápido, con más presión y tensión. Algo que realmente repudio de nuestra sociedad. Dentro el jet, todo estaba estandarizado y era asquerosamente familiar. Miré dentro de la cabina y vi, además de la sonrisa plástica del piloto, un centenar de instrumentos computarizados. Si bien las ruedas del avión estaban tocando Yakutat, todo lo que estaba dentro de él ya estaba a miles de kilómetros de distancia y a un centenar de años en el tiempo. Estábamos en ese mito de marketing empaquetado que llamamos civilización. Hoy, desde mi escritorio, no puedo dejar de pensar en esos días en Alaska. Cada vez que miro las fotos me siento muy contento de haber formado parte de esa expedición. A veces me cuesta creer todo lo que vivimos en ese viaje. Ahora parece parte de un sueño lindo. En esas dos semanas nosotros vivimos una eternidad, mientras que para la mayoría de la gente probablemente no significaron más que una rutina del trabajo a la casa, algunos programas de televisión, algunas cuentas a pagar o la ilusión de un tranquilo fin de semana. Einstein dijo que el tiempo es relativo y tenía razón. Para mí, esa relatividad está en la creatividad del uso del tiempo de nuestras vidas y creo que es por eso que me dedico al surf y a la exploración. Nunca dejen de Surfear!!!".

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Tags: Alaska | Edwin Salem | Lituya Bay | Surf | Yakutat Bay |

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