surf lunes 15 de agosto de 2016

Antártida, una de las experiencias más exigentes en la vida de Edwin Salem

Edwin, sin duda, es uno de los pioneros del surfing en la Argentina. Radicado en Costa Rica, el rider vivió, en el año 2000, una de las mayores experiencias de su vida: surfear en las heladas y congeladas aguas de Antártida. Es a través de este relato que el protagonista nos cuenta como fueron esos días bajo la nieve y en compañía de los pingüinos.

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“Surfear el continente helado: supongo que ésta no fue sólo la aventura más exigente de mi vida. Fue una pieza de mi destino que comenzó a gestarse cuatro décadas atrás, cuando mi padre se fue a la Antártida con el consentimiento de mi madre, ella embarazada y yo nadando inocentemente en su vientre. De niño, en Argentina, mi imaginación se encendía con los dos arpones balleneros que yacían en el jardín: mi padre los había encontrado durante ese viaje en una base británica abandonada. La historia acostumbra repetirse con cómicas y torcidas variantes. En mi caso, sé que fue casi por diseño cósmico que un día me encontré navegando en el Pasaje de Drake, entre Tierra del Fuego y las South Shetlands, cuarenta años después de mi llegada al mundo, con la misma edad que mi padre tenía al emprender su propia aventura antártica. Una mañana de septiembre de 1998, desde el living de su casa en San Francisco, Mark Benneker y yo mirábamos la monstruosa fuerza del Pacífico Norte mientras conversábamos sobre cómo ese mar había forjado nuestras vidas y nos había motivado para explorar y surfear lugares como Tierra del Fuego, Escocia, Islandia, Alaska… Mark tenía una mirada que yo reconocía, la misma que aparecía en esos días mortales y tormentosos de Ocean Beach en los cuales yo era el único que lo acompañaba. Pero había algo en ella que no podía descifrar. Sabía por más de 25 años de surfear con él que algo grande estaba tramando. Finalmente, sonriendo, desenrolló unas cartas marinas sobre la mesa. Y ahí estaban, frente a mí, las islas South Shetland y la Península Antártica. 

Los preparativos por un año, nuestro correo electrónico corrió por el mundo en busca de un barco equipado para llevarnos a los confines más australes del planeta, y con una tripulación dispuesta a ampliar los límites de su escala de seguridad. Sin embargo, todos nuestros esfuerzos nos llevaron a callejones sin salida. Hasta que finalmente un operador de aventuras canadiense contactó a Mark con alguien que podría aceptar nuestra propuesta. La persona en cuestión era Jerome Poncet, un famoso capitán antártico de origen francés que vivía en las Malvinas. Nueve meses más tarde estaba surfeando en Arica, Chile, cuando recibí un correo electrónico de Mark diciendo que Jerome había decidido llevarnos. El precio era alto pero valía la pena. Yo estaba literalmente quebrado tras mi divorcio, lo cual me dejaba con dos opciones: robar un banco o buscar sponsors. Salí rumbo a Buenos Aires, donde conozco a alguna gente en la industria del surf. Con el apoyo de dos amigos surferos, Eddie Marconi y Marcelo Ray, y la trayectoria de mis previas publicaciones sobre surf, pude convencer a No-Code, O’Neil Argentina, Grimoldi y al millonario Julien Sorbac de que me dieran los fondos necesarios para el viaje. Todo empezó a tomar forma rápidamente: The Surfer’s Medical Association legitimaría la expedición frente al Tratado Antártico. O’Neil USA decidió auspiciar a toda la tripulación con trajes térmicos especialmente diseñados para la Antártida. Dos meses antes de salir completamos la lista de miembros de la expedición con Mark Renneker, Kevin Starr y Keith Block (médicos surfers), Steve Hawk y Sedge Thomson (cronistas surfers para Quokka Sports y Radio NPR y BBC, respectivamente), Art Brewer (fotógrafo surfer) y Chris Malloy (surfer auspiciado por Hurley Clothing). La tripulación estaba compuesta por Jerome Poncet, capitán; Dion Poncet, tripulante-surfer; y Elizabeth Liteadu, tripulante-lingüista. En cuanto al barco, el Golden Fleece estaba perfectamente equipado. Lo único que me preocupaba era la falta de experiencia en navegación de los surfers. Salvo Art y yo, nadie tenía idea del estrés que uno puede sufrir estando un mes a bordo en condiciones difíciles y pensaba que alguien podía perder la cabeza. 

Ya de vuelta en casa, en Costa Rica, comencé un riguroso tren de entrenamiento. Surfeaba todos los días, aunque las condiciones no fuesen ideales, e hice un régimen de altas calorías. Por esa época recibí las tablas que le había ordenado a Roland de IM USA, hechas específicamente para el viaje. Un par de semanas antes de la partida Jerome tuvo una disputa con el Prefecto Mayor del puerto de Ushuaia. Aparentemente, el Prefecto le exigió a Jerome que sacara de la popa las inscripciones Port Stanley y Jerome se negó porque en el tratado de Inglaterra y Argentina de julio de 1999, Argentina había aceptado todos los nombres británicos en las islas, salvo Falklands. Esto llevó a un estúpido conflicto entre ambos países que fue escalando hasta llegar al nivel presidencial y concluir en Davos, con una discusión entre De la Rúa y Tony Blair. Todo por el nombre en la popa del velero donde viajaban un bohemio capitán francés, su hijo nacido en Antártida y una tripulante francesa, que buscaban la paz más allá de los icebergs, junto a ocho surfers dispuestos a surfear la Antártida por primera vez en la historia. Pero los políticos no navegan ni surfean, no permiten que el mar y el viento eliminen sus toxinas y por eso su cabeza está constipada. Tres días antes de la partida, el Gobierno Argentino autorizó la entrada del Golden Fleece al Puerto de Ushuaia. Dejando atrás el continente El 28 de enero llegamos a Ushuaia y nos encontramos con Jerome. Para mucha gente Ushuaia es el fin del mundo. Para nosotros era el último contacto con la civilización y el punto de partida hacia un mundo desconocido donde realizar un sueño que muchos consideraban imposible. Y para mí era también el principio de una nueva etapa de mi vida, un principio lleno de esperanzas y nuevas aventuras. Finalmente, el día de la partida llegó y abordamos el Golden Fleece. Al zarpar, todos los surfers estaban ansiosos. Yo no. 

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Creo que estaba muy cansado por toda la tensión que había generado la política. Pero además confiaba cien por cien en la habilidad de Jerome: bastaba mirarle las manos para darse cuenta de los kilómetros de líneas mojadas que habían pasado por ellas, habían labrado en sus palmas su historia, su experiencia, su tenacidad, su espíritu y su destino. Jerome tenía la cara de un guerrero de las Cruzadas y la mirada intensa de un “adrenadicto". Nunca lo había visto antes, pero nos entendimos de inmediato. Era un libro abierto, o más bien una enciclopedia, siempre que se le hicieran preguntas válidas y dignas de responder, y su sentido del humor era ágil, filoso y seco. Con Jerome navegaríamos al mejor estilo francés y eso me agradaba enormemente. Tenía 500 kilos de cordero y carne vacuna y excelentes embutidos de su estancia de Beaver Island. Una noche, cuando ya todos dormían, Jerome me ofreció un whisky. Con un pico quebró un gran pedazo de hielo que había sacado del congelador en pedazos más pequeños. Levantó uno, lo miró a trasluz como lo haría un joyero y dijo: “Es perfect’o no tiene aire". El hielo estaba tan comprimido de tantos siglos de movimiento lento que no tenía burbujas. “Ahora lo ves. Ahora, no", y lo dejó caer dentro del whisky. El hielo desapareció por completo dejando un pequeño rastro transparente sobre la superficie. “Scotch añejo, hielo añejo: un trago perfecto". 

Cuando me dio el vaso tuve la impresión de haber presenciado un antiguo rito, uno en el cual estaba siendo iniciado por el brujo de la tribu o por algún sabio de una raza de hombres ya extinta. La primera mañana a bordo nos detuvimos en Bahía Aguirre y decidimos probar todo el equipo. Kevin y yo surfeábamos unas pequeñas olitas cuando vimos que desde la costa unos gauchos nos hacían señas. Salimos del agua a saludarlos y nos invitaron a su cabaña a tomar unos mates. En el centro de la sala, una cocina a leña escocesa de principios del siglo pasado se encargaba de hornear el pan, calentar el agua para el mate y mantener el calor de todo el lugar. Kevin y yo estábamos sentados en torno a ella con nuestros trajes de goma; los gauchos untaban el pan con dulce de leche. Pedí permiso para montar uno de sus caballos. El animal era rubio, con cola, crines y patas castañas. Era gordo y bueno, se llamaba Garbanzo. Galopamos por la playa y pasé la tarde jugando con él. Tierra del Fuego tiene un abundante vacío, es un excelente lugar para liberar el espíritu. Ese día fue el principio de un tipo de libertad que jamás habíamos experimentado. Al día siguiente cruzaríamos el Pasaje de Drake y ese hecho exaltaba toda apreciación de nuestro entorno. De ahí en más, el Golden Fleece sería nuestro único lugar conocido, yendo hacia adelante, peinando las olas. El barco nos llevaría a un nuevo espacio y sólo me lo podía imaginar por algunas fotos que había visto, o por historias que había oído. Nunca pude imaginar la magnitud de la energía que íbamos a confrontar, ni el modo en que minimizaría nuestros egos. Pasaje de Drake Elizabeth sonreía mientras yo corría hacia la baranda del barco y la vajilla se salía de los armarios. Todos los demonios de Drake empezaron a salir por mi boca. Sin aire, sin esperanza y sin palabras, en una secuencia de ruinas circulares, fui humillado por una agonía de cuerpo y espíritu a tan sólo una hora de haber entrado en las aguas de Drake. 

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Durante la tormenta, Steve y Sedge trabajaban arduamente tratando de establecer la conexión satelital. Recuerdo haber visto a Steve patinando de rodillas sobre el piso de madera paralelamente a su lap-top, de un lado del barco al otro, escribiendo los eventos del día. La mañana siguiente fue más agradable. Las olas estaban enormes, pero surfear era demasiado arriesgado. Entonces pasé toda la mañana mirando fascinado el horizonte circular. Agua… agua azul profundo en todas las direcciones, un universo líquido. La única figura que interrumpía el infinito era un albatros que planeaba entre las olas. Fue lindo sentirse un grano de arena adentro de una nuez. La realidad humana tomaba una perspectiva más auténtica y, en su pequeñez, no había espacio para el dolor, la furia, la ansiedad, la frustración, la nostalgia o el ego. Un sentimiento realmente liberador. Surfear la imaginación Llegamos a Point Wild, Elephant Island, con la última luz. Salí a cubierta a ver el crepúsculo. La luz tenía un tinte macabro y el viento me cuarteaba la cara. Las estructuras de piedra parecían haber salido del fondo del mar con mucha violencia; a ambos lados del barco, subían a doscientos cincuenta metros. Puntiagudas, filosas, apuntaban en dirección contraria al viento como los pelos del lomo de un lobo enfurecido. El viento hacía sonar a los obenques como en un canto de desdicha. El agua era gris metálico y emanaba frío. 

Todo el ambiente del lugar nos decía “fuera de aquí". Pero ahí estábamos, con la proa mirando a un glaciar de unos seiscientos metros que se desmoronaba constantemente con notas graves y de alta densidad. Transmitía su energía a través de este páramo, mostrando su dominio creador. El horizonte estaba plagado de témpanos, algunos eran más grandes que una cancha de rugby y tres o cuatro veces más altos que los mástiles del Golden Fleece. Fue en camino a este lugar donde avistamos los primeros témpanos. Jerome nos decía que con un poco de suerte encontraría uno con olas para surfear. Pensé que el comentario era una de sus bromas habituales, pero su mirada me hizo saber que no estaba bromeando. La idea era difícil de digerir, pero más tarde vimos un témpano que casi se podría describir como surfeable. La idea de surfear un iceberg dejó de ser extraña en ese mismo momento. Anclamos enfrente al campamento donde Ernest Shackleton dejó a la tripulación del Endurance para lograr el rescate más famoso de la historia antártica. No puede dejar de pensar en él y en su tripulación, en su historia setenta años antes, tan dura, tan extrema y tan positiva. Meses y meses de tortura helada y nadie murió. Ahí estabamos nosotros, escuchando el llanto de los obenques y el viento sur, en plena oscuridad, con toda la tecnología disponible para surfear la Antártida.

El contraste me pareció injusto: me los imaginaba aún quemando grasa de foca para producir calor, sus caras negras por el humo, sólo con su ropa de lana, comiendo pingüinos y focas, Shackleton navegando en su barco salvavidas buscando la forma de conseguir ayuda, seguro de sí mismo, seguro de lograrlo. La mañana siguiente, todos estábamos algo alterados: íbamos a surfear la Antártida por primera vez y la experiencia de Shackleton le daba a todo un aire de oscuridad, un frío no de temperatura sino más bien de vibraciones. Pero ese frío no era nada comparado con el calor que corría por mis venas. En el point había pedazos de hielo en el agua verde plomiza, densa y reflexiva. Agarré mi primera ola antártica, una ola de las tinieblas del continente helado, y era solamente mía. No titubeé ni un instante en dar el paso, la remé sin dudas y la corrí hasta el borde del acantilado casi sobre las piedras. Estaba con mis amigos y a la vez estaba eternamente solo, deslizándome por un líquido en movimiento tan frío como una botella de vodka recién sacada del congelador. 

Temblaba de pasión y no de frío o de miedo, temblaba por todo y a la vez por nada; todo y nada siempre fueron una ola, esa ola. Adaptar o perecer zarpamos rumbo a las South Shetlands con fuertes vientos de proa que aumentaban a medida que bajábamos al sur por el estrecho de Espíritu Santo. Buscamos olas en la costa oeste de la Isla Nelson, pero el oleaje que nos había torturado por casi cuarenta y ocho horas apenas se veía. Anclamos en Harmony Bay y bajamos a tierra. Esta isla tiene pequeñas bahías llenas de elefantes marinos acostados en la arena durmiendo sus siestas. A dos kilómetros del barco, el lugar comenzó a parecerse a esas fotos de Marte que publica la NASA, con la diferencia de que aquí las piedras rojizas estaban cubiertas por millones de pingüinos. Después de una larga búsqueda avistamos una derecha que rompía sobre un arrecife bajo. La ola tendría un metro y medio y la surfeamos por dos horas entre pingüinos que iban y venían. Algunos barrenaban las olas como las focas, pero con velocidades astronómicas. Surfeando, los pingüinos le ganaban por lejos en agilidad y velocidad a cualquier delfín. Continuamos la sesión de surf mientras caía el sol. Esta puesta era muy distinta a todas aquellas en las que había estado. Creo que la palabra más exacta para definirla sería “psicodélica". Esa tarde Dios supo que lo estábamos haciendo bien. Hero’s Bay: la sesión del iceberg El once de febrero de 2000 quedará grabado en mi alma y en la de Chris por el resto de nuestras vidas. Navegábamos al sur, hacia Deception Island, buscando olas sobre las costas de unas magníficas y pedregosas islas. Jerome me llamó al puente: “Regard la glace, c’est absolutement magnifique". 

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Entrábamos a una zona plagada de icebergs; cada uno era una majestuosa obra de arte, una escultura de agua congelada. El cielo estaba tan claro, el aire tan puro y sin humedad… El mar era azul metálico, a veces turquesa acaramelado, a veces transformando el agua en verdes espejados que se movían con el pasar de la luz. Y la luz… La luz era como jamás la había visto antes, reflejándose entre los icebergs, creciendo en múltiples direcciones hacia el infinito. Corrí hasta la proa, sentía el barco morder las olas, sentía que estaba surfeando. Abrí mis brazos para absorberlo todo. Jerome se había dado cuenta de lo que me ocurría, lo supe por la forma en que acercaba el barco al hielo: cada cambio de dirección que el Golden Fleece tomaba era como si la mano de un artista dibujara una línea con un pincel. Entré en un hermoso trance. Y después… Ahí estaba, era transparente, rápida y rompía sobre una plataforma de hielo sumergida que se transformaba en una playa glacial conectada a una gigantesca montaña de la misma flotante estructura milenaria. 

Chris y yo nos pusimos nuestros trajes y poco después saltamos por la baranda del Golden Fleece con nuestras tablas. Entramos, en ritmo, a agarrar una izquierda tras otra. En una de ellas caí sentado sobre el fondo de hielo. La energía de la ola empujó mi tabla y me arrastró por el fondo, patinando con el culo. Mientras estaba abajo abrí los ojos y miré a mi alrededor. Vi la superficie transparente, las burbujas que emanaban de la espuma y todo el fondo blanco que me rodeaba. Empecé a reírme hasta que perdí todo el aire. Salí a la superficie sin darle importancia al dolor de cabeza que el frío me había causado. Seguí surfenado en ese estado alterado. La última ola la corrí hasta la costa. Lentamente, paso a paso, caminé sobre la playa de hielo. Nunca antes en mi vida había tenido tanta claridad mental. Veía las rajaduras sobre la superficie blanca a medida que avanzaba. Sentía que tenía una corona de ojos y que mi mente estaba prendida como una bombita de 120 wats. Era tal la energía que me recorría de pies a cabeza que en un momento pensé que mi casco saldría expulsado como una bala de cañón. Entonces fue cuando escuché la voz de mi conciencia, o la voz de Dios, o ambas. Yo pregunté: “¿Cuál es la respuesta?" La voz me contestó: “Despertate, ¡no hay respuesta!" “¿Cómo que no hay respuesta?" “No hay respuesta porque jamás hubo pregunta. Simplemente ES, ¡aceptalo!" Ese fue el fin del diálogo. Miré al Golden Fleece y no podía parar de reírme. También todos en el barco se estaban riendo a carcajadas, algunos histéricamente, doblando los cuerpos sobre la baranda del barco. Miré atrás y vi que Chris caminaba hacia mí. Un instante después se estaba deslizando lentamente hacia el agua. Lo mismo me estaba pasando a mí, pero en otra dirección. Chris trataba de resistir el movimiento intentando clavar la punta de la tabla en el hielo, pero de nada servía. Me di cuenta de que tenía que fluir y acomodé los pies como si estuviera esquiando y patiné sobre ellos por la superficie del hielo con la tabla debajo del brazo hasta que llegué al borde y caí al líquido azul. Chris y yo nos encontramos nuevamente en el agua y tratamos de volver a subir pero un pedazo del témpano se derrumbó, detonando como dinamita. Decidimos volver al barco, y una vez allí todo parecía ser normal, salvo que Chris y yo seguíamos en otro espacio. Steve dijo que parecíamos estar bajo la influencia de un alucinógeno. 

De alguna forma, aún estábamos dentro del vaso de whisky de Jerome. Si la sesión de Harmony Bay había sido psicodélica, ésta fue netamente esotérica. Meses después, me enteré a través de Mark de que Chris andaba por California con un rosario, y yo mismo recé todas las mañanas durante varios meses. Gloria y final En Rugged Island por primera vez en el viaje todos pudimos correr olas juntos. Eso ayudó a que la experiencia tuviera una apariencia más normal. Parecía, salvo por las distancias, un día cualquiera en Ocean Beach. Las mismas caras, las mismas vibras… pero estábamos en latitud 63º Sur y bajando. Ese noche comenzó nevar. Art le hizo una entrevista a Chris. Chris nunca había visto la nieve. Continuamos rumbo al sur con un tiempo terrible. Vientos fuertes de proa, nubes, lluvia, nieve, tormentas y ni una sola ola. A esa altura, surfear se había transformado en nuestro único vínculo con la vida fuera del barco, la única actividad que nos identificaba con la misión y le daba un sentido familiar a todo lo que nos rodeaba. 

Nos estábamos desmoralizando. Entonces decidimos salir una noche a tomar un trago. Cerca de nuestro fondeo había una base ucraniana: llamamos por radio y dijimos que pasábamos a eso de las nueve. Esta era una antigua base británica y tenía el mejor pub de la Antártida, que estaba intacto. El pub estaba lleno de nostalgia por las viejas épocas del imperio. En las paredes había fotos de Shackleton y sus hombres, fotos grupales de todas las administraciones, incluyendo las ucranianas, una foto del Damien II, el antiguo barco de Jerome, dardos, billares, chimeneas, banderines y bates de cricket. Podríamos haber estado en un pub de la campiña inglesa, salvo por nuestros anfitriones eslavos. Ellos bebían fácilmente el doble que los ingleses, eran triplemente estoicos y salvajemente divertidos. Todos dejamos una nota en el libro de apuntes antes de irnos. En las condiciones en que salimos fue difícil subirnos al gomón y encontrar al Golden Fleece en la oscuridad. Menos mal que Jerome conoce la zona de memoria. 

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Por la mañana no podía dejar de sentir el gusto del vodka mezclado con las tortas de Dimitri, el barbudo. Mark estaba enfermo cuando Jerome me llamó al puente y me dijo que la tripulación estaba muy cansada y que nuestro grupo había perdido la cohesión desde que Mark estaba en cama. Había una tormenta que seguramente produciría olas; algunos no querían estar expuestos a ella y otros querían continuar al sur. Fue entonces cuando tuve que asumir el mando y tomé la decisión de cambiar el rumbo de sur a norte. Llevarla adelante me costó una serie de duras y fuertes discusiones con un par de amigos de toda la vida. Finalmente bajaron las tensiones y acordamos ir al norte a través del estrecho de Gerlagh, lo que nos daría unas lindas vistas y nos protegería de la tormenta. Iríamos a Lowe Island, lugar donde las cartas mostraban altas probabilidades de olas por su geografía y exposición a la dirección de la tormenta. Después de un día y una noche de navegación llegamos a Lowe Island. La tormenta estaba en pleno vigor cuando salimos del estrecho a mar abierto. Una derecha fuerte y larga con un buen canal nos sedujo. Estaba en una pequeña bahía con una especie de estuario más allá del arrecife y sobre la playa había un gigantesco glaciar, el más grande y alto que habíamos visto en todo el viaje. Cuando llegamos a las olas, nos dimos cuenta de que todo era perfecto. Por primera vez desde Rugged Island estábamos surfeando todos juntos. 

Las tensiones de la decisión se evaporaron cuando todos tocamos el agua. Sinceras disculpas fueron y vinieron. Después de un mes de arduo trabajo finalmente habíamos encontrado una ola perfecta. Una hora después de haber entrado al agua una densa niebla empezó a trasladarse del canal al estuario. Momentos después el glaciar desapareció detrás de la niebla y fue entonces cuando escuchamos la explosión. Todos sabíamos lo que sucedía. El glaciar tronó y un gran pedazo cayó al estuario, provocando una gran ola desde la orilla hacia mar adentro. No podíamos verla, pero escuchábamos su terrorífico trayecto hacia nosotros. De repente apareció por detrás de la niebla, como un fantasma, sobrepasando las olas del mar, y finalmente quebró. Todos estábamos alineados para agarrarla pero sólo nos llevó unos metros y se esfumó como un espectro. Al día siguiente las condiciones cambiaron. Algunos surfearon a la mañana pero la gloria del día anterior se había esfumado y seguimos en dirección a Rugged Island. 

Una vez allí surfeamos una punta con una ola larguísima. Podíamos ver el arrecife donde habíamos estado dos semanas antes. Ahora tenía clavado un gran iceberg en sus piedras. Nada en la Antártida era estable, todo estaba en constante movimiento, cambiando de forma, mutando, viviendo. Mark y yo surfeamos solos un par de horas. Me miró con complicidad, fruto de una amistad que ha perdurado miles de sesiones de surf. Sabíamos lo que habíamos logrado, estábamos surfeando un lugar diferente a todos los anteriores, estábamos haciéndolo sobre las líneas de nuestra propia imaginación, la que nos puso en ese lugar del planeta. A la altura de la isla Lennox encontramos olas, pero el guardacostas chileno nos echó. Nos escondimos de las autoridades a surfear detrás de la isla Pickton, marginales, piratas sin fronteras. Mientras Jerome patrullaba la zona, Dion agarró la ola más larga de su vida. Esa tarde navegamos nuevamente por el canal del Beagle en línea recta a una emocional puesta de sol entre las montañas y el agua. El cielo tenía algunas nubes y un perfecto arco iris. El Golden Fleece siguió su curso en la noche hasta encontrar las luces de Ushuaia".

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Fotos: Beach Photos y Art Brewer

Tags: Antartida | Edwin Salem | Surf |

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